El texto que se introduce a continuación pertenece a Dña. Ana Valseca Castillo, y está publicado en el libro "ARTE hispalense: De las Torres Parroquiales de Ecija en el Siglo XVIII" editado por la Diputación Provincial de Sevilla.

    Dña. Ana Valseca Castillo es licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Sevilla y el texto que aquí se cita pertenece a un extracto, como ya hemos dicho, de su libro que corresponde a su tesis de licenciatura.

     La placa fundacional de esta torre nos da la fecha 1717 con la leyenda:

        "Ad. Dom. Gloriabum ad coelos assumptae honoratiorem cultum S.S. Papa N. Clemente XI Romana Eclessia Hispalensem Eminentissimum Emmanueli Cardinalibus de Arias Hispaniarum Philippo V Regna feliciter moderantibus urrbaec a fundamenti coepit instauri anno domini MDCCXVII"

    No obstante, los orígenes de esta idea se remontan a los Mandatos de Visita del año 1702, donde se pide "que se acave la torre de esta iglesia enluciéndola y encalándola, pues siendo corto el costo que esto puede tener, será de mucho adorno para esta iglesia". La torre suponía el elemento clave para la coronación del conjunto. Luego veremos que en este caso sucederá lo contrario. El campanario fue el elemento determinante en la construcción posterior, como iremos viendo a continuación.

   Pero, de hecho, los inicios de la ejecución se establecen en 1717, al desembolsar la Fábrica del Arzobispado de Sevilla la cantidad de 36.000 reales en virtud del despacho del Señor Provisor para los gastos de dicho fin. En principio, había que sentar bien los cimientos con un buen zócalo de cantería; luego, separando el basamento del fuste de ladrillo, se dispuso una gran molduración de jaspe negro, a manera de pedestal toscano y la basa a través, conforme al diseño de José Páez de Carmona, "para el rostro que enseña a la barrera de dicha iglesia y bueltas de los dos lados que an de quedar descubiertos". Esta piedra se trajo de una cantera de jaspe en el término de Osuna. Su compra, labra y bruñido estuvo a cargo de Juan de Chavarría, vecino de Morón y Antonio de Haro, de Ecija, los dos maestros canteros. Esta moldura la observamos actalmente en los lados Norte y Oeste, al perderse el lado Este por las obras de 1725 de dependencias para sacristanes. En el mes de Julio se fueron a bendecir los cimientos y se puso la primera piedra, con procesión desde Santa Cruz, conformándose así el acto inaugural de la obra. La propaganda era muy necesaria y había que dejar constatado el hecho. La placa de la fundación se dispuso sobre la moldura de jaspe, orlada con relieves de cantería, dándole preminencia para que sobresaliese.

    Se compró un solar contiuo a la iglesia en 1719, "por el perjuizio y riesgo que se le sigue y necesitado para la obra de la torre y sachristía que se está ejecutando". El fuste de la torre se continuó en ladrillo, alterado sólo por dos balcones de cantería. La carrera constructiva había comenzado, canterios y alarifes se ponían manos a la obra. José Páez de Carmona, maestro del Concejo, y Cosme de Mier, cantero de Córdoba, aparecen como responsables del primer balcón de cantería en 1720. Este primero guardó la misma línea de los ornamentos en la placa de fundación: un gran pinjante en relieve por el que sobresale este balcón de piedra. La balaustrada se constituyó con columnas ciegas, dando paso al vano adintelado, que se flanquea por dos pilastrillas y que se remata con un frontón curvo y tres pináculos de recuerdos herrerianos. El segundo balcón se estableció de igual manera, pero con unas diferencias claras. La primera es el balaustre curvo, ciego también, que se apoyó esta vez sobre tres pinjantes. La segunda es la decoración del dintel que repitió esquemas anteriores, un tanto sui generis, de frontón curvo y pináculos herrerianos.

    La magna obra de la torre no era óbice para descuidar otros menesteres habituales para la parroquia como era el recorrer tejados, de los que también se encargó el maestro José Páez durante el año siguiente. Este arquitecto era miembro de una familia dedicada a la albañilería; le venían de herencia las herramientas de su arte. El maestro mayor del Concejo, Juan Páez de Carmona, su hermano, actuó como tal hasta 1704 aproximadamente. Le sucederá entonces José Páez durante un tiempo que no podría calificarse mejor que de gran fecundidad constructiva. Su ejercicio se desarrolló en Ecija a lo largo del primer tercio del siglo XVIII.

    La prolongación de las obras se ha estimado tradicionalmente en ocho años, lo que se constata porque el 18 de Febrero de 1725 se produce la contratación de José Rodríguez para el remate de la torre con una cruz de hierro y su peana. Según las fuentes analizadas, es verdad que a partir de 1725 la preocupación principal se centraba en los elementos esenciales de una torre, las campanas. En esta fecha se hizo inventario de las existentes y se ejecutaron nuevas. La obra de la torre se hallaba finalizada en Julio y en Septiembre se dio inicio a la sacristía y demás dependencias. El administrador al cargo de la torre y nueva sacristía en todo momento fue el presbítero Diego Valeros Gudiel, el consignado para embargar de ellas las cuartas partes de diezmos como era normal. Aunque la escritura de obligación para la ejecución de la sacristía y un pleito del año 1727 nos hablan todavía de la duración de la torre. El pleito se centraba contra un ministro y los operarios de esta iglesia, por el supuesto uso indebido de una llave de la iglesia y el agua de un pozo particular. En el transcurso de dicho pleito observamos que la obra de la torre se abandera una y otra vez, teniendo en cuenta que en este tiempo se estaban realizando conjuntamente diversas reformas en la iglesia: la sacristía, vestuario, cuarto de monaguillos, solerías, limpiado de bóvedas y adecentamiento de enterramientos y construcción de osarios; llegamos a pensar que la torre ya no sería más que una excusa, un recurso utilizado como argumento de autoridad para seguir beneficiándose de la comodidad en el abastecimiento desde este pozo de la barrera. El pozo en cuestión pertenecía en uso comunitario al sacristán de la iglesia y a Tomás Gómez Thamariz, jurado del Ayuntamiento. Con esto se evitaría acarrearla desde el propio de la iglesia. Prueba de todo ello podría ser que a finales del pleito, ni siguiera se nombra ya la obra de la torre. Otro dato de vital interés que nos aporta dicha disputa es el plano, en el cual se nos dibuja la torre en su integridad.

    La liquidación de los débitos se efectuó finalmente en Febrero de 1727, otorgando 17.486 reales de vellón al arquitecto José Páez y 10.580 reales a Alonso Texero, maestro de carpintería, lo que supuso un total de 28.066 reales para la torre; y el finiquito se liquidó en el mes de Noviembre, para torre y sacristía. La mayordomía de Fábrica se había encargado ahora a Don Francisco Antonio de Borja.

    En los años 30, el interés constructivo se centró en la iglesia, para la que se compró un solar contiguo valorado en 12.130 reales. Es la concepción de una idea que tardará años en ver la luz. Es obvio que las dimensiones de la iglesia no debían responder ya a las necesidades litúrgicas. La estrechez de la Capilla Mayor era la causa principal. En este año de 1739 existía plena conciencia del estado en que se encontraba esta Capilla Mayor y era preciso prolongarla y renovarla. Idea que no se llevaría a efecto hasta 1757.

    La torre se mantuvo incólume hasta mediados del siglo XVIII. Se recompusieron varios de sus elementos, la escalera de palos en el último cuerpo, en primer lugar, y después la matraca, las claves de los arcos "por haverse descolgado" y los balcones de piedra. Se invertiría también en nuevas campanas; entonces se fundió la de "San José" y "El esqulón". Todo esto, en general, supondría un buen remiendo para la torre. Así, le llegó el terremoto del 55 y "quedó la torre desta iglesia su segundo y tercero cuerpos notablemente lastimados". Las tramitaciones y licencias se dieron a renglón seguido, llevándose a la práctica por mano del maestro Fernando Martín. Hay que tener en cuenta al artífice directo de la obra, igual que al artífice intelectual. Pensamos que Fernando Martín llevaría el plan de actuación en el segundo y tercer cuerpos de esta intervención. El cuerpo de campanas se apoya en una gran cornisa de la que arrancará ahora toda la decoración de azulejería y estuco. Sobre una balaustrada ciega, como la de los balcones, parten los vanos.

    Este segundo cuerpo contaba con vanos de medio punto para las campanas, las claves de los arcos se desprendieron con el terremoto; de esta manera, resolvió alternar dinteles y medio punto, solución que a parte de dar más consistencia a la construcción por los empujes, nos devuelve una torre más parecida aún al esquema de la Giralda de Sevilla. A ello se añade la decoración de azulejos y óculos, emanados en su concepción igualmente de la composición de Hernán Ruiz II. Sistema que se repite en todas las caras de la torre. Los motivos ornamentales principales de azulejería serán los geométricos, rombos y recuadros, además de estrellas y zigzags. Su reiteración el paradigma básico, interrumpidos en el tercer cuerpo por estípites con decoración de ladrillo. El orden decreciente de los cuerpos proporciona una sensación de mayor altura. El tercer cuerpo se inaugura con una baranda de piedra con cuatro remates de cierto carácter bulboVista de Toreso en las esquinas. Este es el cuerpo de la matraca y solamente existe un vano de medio punto. El último cuerpo, cilíndrico con un barandal de hierro curvo otra vez es el que soporta la aguja, a él se accede ya por una escalera de madera. El color azul se prodiga en otros cuerpos de la torre, pero es en éste, por estar totalmente cubierto, donde se produce la mayor cantidad de brillos, al reflejarse el sol, una de las principales cualidades de este  material.

    En el lado Este de la torre existe un balcón adornado en ladrillo, donde se vuelven a reiterar los elementos decorativos del segundo balcón de piedra. En ningún momento se va a utilizar aquí la cantería, el mismo barandal se ejecuta en hierro. Y esta medida no va a repugnar en absoluto, todo lo contrario, se toma como una innovación original que se repetirá en el balcón de la torre de San Juan íntegramente, y en la de San Gil se toma el barandal de hierro, aunque se conserve la cantería en este caso, pero más esquematizada, más soslayada. En altura se sitúa entre el primer y el segundo balcón. Podría responder éste a fechas de la intervención de Martín Bizarro. La labor del alarife es patente, debía dejar su impronta de una forma clara. Respondía quizás, con un espíritu barroquista aún mayor.

    Las rentas anuales de Fábrica de 1751-1755, utilizando otra vez los datos de Martín Riego, nos remiten a una de las parroquias más beneficiadas, con 21.134 reales, rayando con la Parroquia Mayor, y equiparable a la de San Miguel de Marchena, la Colegial de Osuna y la de San Miguel de Jerez, que mantiene la cifra más alta con 35.142 reales. No se trataba con pequeñas cantidades, el volumen de rentas proveía con mucho lo destinado a contrucción y reparaciones en iglesias.

    La construcción de la nueva iglesia era algo que se venía gestando hacía tiempo y, no habiendo mal que por bien no venga, el terremoto de 1755 coadyuvó irremediablemente a la puesta en marcha de la obra. En Octubre se presentó el informe de Pedro de Silva, iniciándose todos los trámites para ello. En Agosto ya se estaba solicitando la ayuda del Concejo para contar con los caudales necesarios, a lo que contribuyó la Ciudad, "que toda la cal de las belas sobrantes de sus obras se le aplique a la fábrica de la iglesia".  La primera piedra del crucero se disponía en 1762. En esta obra se produjeron visitas de reconocimiento de los maestros del Arzobispado, a parte de Pedro de Silva, Pedro de San Martín y Ambrosio de Figueroa y de nuestra ciudad, el arquitecto del Cabildo José Pérez Bueno. Los datos referentes a la obra de la iglesia llegan hasta el año 1769.

    Se respetó la ubicación de la torre, que para el nuevo conjunto resultaba ser más proporcionada. Las pequeñas dimensiones de las antiguas dependencias de 1725 nos recrean el desajuste de medidas que supuso la torre. Respecto a la arquitectura para la que se diseñó, la desmesura fue utilizada como recurso principal de interpretación, al margen de las formas y ornamentos.

    En la torre, pocas intervenciones se llevarían a cabo después de estas fechas, las necesarias para su mantenimiento, por ejemplo, la composición de la escalera de caracol que su be al cuerpo de campanas. La estabilidad que inspira esta gran edificación nos aclara la conservación tras sucesivos terremotos. Esa estabilidad, la solidez y la actitud desafiante con respecto al cuerpo de la iglesia, crearon todo un mecanismo de ruptura en las concepciones artísticas y las estructuras mentales.