VINCULACIÓN DEL APÓSTOL SAN PABLO Y LA CIUDAD DE ÉCIJA

    Desde los primeros tiempos del Cristianismo, la ciudad de Ecija ha tenido una especial y arraigada creencia de que sus orígenes en la fé proceden de la predicación personal del Apóstol San Pablo, del cual ha recibido especial protección a lo largo de su historia y al que ha tributado siempre homenaje de fidelísima devoción.

    El P. Antonio García del Moral, OP, en su trabajo "San Pablo, Testimonios críticos y tradiciones ecijanas", dice que la venida a España fue anunciada por el Apóstol el año 54-55, en la carta a los Romanos. En la segunda carta a Timoteo proclama que ha evangelizado a todas las gentes, lo que significaría que habría visitado la Península Ibérica, probablemente el año 58.

    Diversos documentos avalarían esta hipótesis, tales como San Clemente Romano, el fragmento Muratoriano (siglo II), y los Actus Petri cum Simone (siglos II-III). El primero de los autores citados tiene una primera carta a los Corintios en la que se testimonia que San Pablo vino al confín de Occidente, es decir, la Bética, según la terminología de la época. Debió entrar por el puerto de Cádiz, donde existía una comunidad judía, a la que gustaba dirigirse en primer lugar, antes de ir a los gentiles.

    La tradición ecijana admite que desde allí se dirigiría, por la Vía Augusta, a Sevilla, Ecija, Córdoba y Tarragona. En la ciudad astigitana se conserva la creencia de que predicó en un lugar del foro próximo a un templo dedicado a la divinidad solar. Aquí convirtió a Probo, presidente del Convento Jurídico Astigitano, a su esposa Xantipe, a Hieroteo, Polixena y otras personas principales, y nombró obispo a San Crispín, martirizado en la primera persecución.

    No desapareció el recuerdo paulino en Ecija después de la dominación musulmana y, al reinstaurarse el Cristianismo en 1240 por obra de San Fernando, se recobró la devoción de la ciudad y sus habitantes al Apóstol de las gentes, de cuya palabra y ejemplo se sentían herederos. De esta manera, en el siglo XV tuvo lugar un hecho que ha marcado hasta la actualidad la relación ecijana con el predicador de Tarso: es el denominado "Milagro de San Pablo". Ocurrió en la madrugada del veinte de febrero de mil cuatrocientos treinta y seis en la persona del joven Antón de Arjona, al que, en una aparición, encomendó la tarea de advertir a las autoridades locales de los vicios y pecados que se cometían contra Dios Nuestro Señor, amenazando con una epidemia de peste si éstos no se corregían. Para que fuera creído en su encargo, le anudó los dedos de la mano derecha y le ordenó que se organizara una procesión con las jerarquías civiles y religiosas y todo el pueblo al convento de San Pablo y Santo Domingo, de la orden dominica y allí, después de la Santa Misa, a la vista de todos, pasó la mano por una cruz, desatándosele los dedos y quedando la mano sana. El Cabildo municipal, en recuerdo de este hecho y como acción de gracias por la protección del Apóstol, formuló el voto perpetuo de acudir cada año, el día veinticinco de enero, festividad de la Conversión de San Pablo, al citado templo en procesión y celebrar solemne función religiosa, lo que se sigue realizando de forma ininterrumpida hasta el día de hoy. En ese acto, el alcalde de la ciudad, en nombre de la Corporación Municipal, renueva el voto de acudir el año próximo a la celebración y también lo hacen a título particular todos los fieles que lo desean. Asimismo, se da lectura a un documento conservado en el Archivo Municipal, en el cual el escribano del rey y del Concejo de Ecija, Alonso Fernández de Guzmán, da pública fe de los hechos portentosos ocurridos aquel día. Es éste un traslado original efectuado por el escribano del Cabildo de la ciudad, Jerónimo de Guzmán, el dieciocho de enero de mil quinientos setenta y cinco, habiéndose perdido, después de esta fecha, el pergamino de mil cuatrocientos treinta y seis.

   La creencia en el "Milagro de San Pablo" fue constante entre los ecijanos y así lo corrobora el hecho de que, el diecisiete de enero de mil quinientos setenta y tres, el arzobispo de Sevilla don Cristóbal de Rojas y Sandoval declarase fiesta de precepto el día veinticinco de enero.

   Asimismo, S.S. Urbano VIII expidió una Bula, el trece de febrero de mil seiscientos cuarenta y dos, declarando a San Pablo como Patrón Canónico de la ciudad de Ecija, documento que fue mandado cumplir por el Nuncio de España el quince de abril de mil seiscientos cuarenta y tres y proclamado solemnemente en la Parroquia Mayor de Santa Cruz astigitana el once de enero de mil seiscientos cuarenta y cuatro.

   Por último, haremos referencia a la sagrada imagen de San Pablo que se lleva en procesión, cada veinticinco de enero, desde la Iglesia de Santa Bárbara, donde recibe culto, hasta el convento de San Pablo y Santo Domingo, para presidir los actos ya mencionados, acompañada por el clero, autoridades y fieles. Es obra del escultor ecijano Salvador Gómez de Navajas, que la talló en 1575, y destaca por la profundidad de la expresión del rostro y la riqueza del policromado de las vestiduras del santo, que porta el libro de sus escritos y una espada, símbolo de la fuerza de su palabra. Se adorna, asimismo, con medallón pectoral y aureola, ambos de plata de la misma época. Procesiona en un paso de madera tallada y dorada, realizado por suscripción popular.